Lunes 25 de Mayo
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Provinciales > Historia

Tras la "grieta" inicial, así pagó San Juan los costos de la Revolución de Mayo

Mientras Buenos Aires festejaba, el Cabildo sanjuanino debatía entre la traición y la lealtad bajo la presión de Córdoba. Pero el apoyo no tardó en decidirse. Un viaje al San Juan profundo que financió la Patria con sus lagares, con sus riesgos y toda la riqueza posible.

Por Raúl Pedone
Hace 1 hora

Acta del Cabildo de San Juan, en apoyo a la Revolución de Mayo. / Archivo General de la Provincia

La noticia de la Revolución de Mayo tardó semanas en cruzar las postas coloniales y encender la mecha política en el paisaje de San Juan. Pero cuando los pliegos oficiales de la Primera Junta finalmente descansaron sobre las mesas del Cabildo local, la atmósfera se volvió densa.

El Gobernador Intendente de Córdoba, Juan Antonio Gutiérrez de la Concha, de quien dependía administrativamente la región, envió una orden tajante que desató la primera gran división ideológica de nuestra historia. La directiva colonial exigía ignorar por completo los acontecimientos porteños, tildando a los revolucionarios de “rebeldes y traidores” a la Corona española. Esta orden sembró el desconcierto entre las autoridades y las familias influyentes de la urbe.

El mandato de Córdoba provocó el nacimiento inmediato de una profunda grieta de opiniones en el tejido social, dividiendo a los habitantes entre sanjuaninos realistas y sanjuaninos patriotas. Los defensores del antiguo régimen veían en la insurrección un salto al vacío que arruinaría el orden social y el comercio legal establecido. Por otro lado, un sector más joven e ilustrado vislumbraba una oportunidad dorada para romper las cadenas del centralismo e impulsar el desarrollo de la región cuyana.

Los historiadores aseguran que las discusiones a puertas cerradas en las casonas de adobe subían de tono a medida que los días pasaban sin una definición clara. La tensión se palpaba en el aire, transformando la rutina de la plaza central en un murmullo constante de sospechas y debates encendidos.

La encrucijada política obligó a convocar a un Cabildo Abierto donde se definiría el destino de la comunidad frente al desafío planteado por Buenos Aires. En aquel San Juan de 1810, todavía estaba reservado a los llamados “vecinos de luz”. Este grupo estaba integrado por los propietarios de tierras, comerciantes acaudalados, militares de alto rango y jefes de las familias más tradicionales de la ciudad. Los sectores populares, peones rurales, esclavos y pueblos originarios no participaron de esta decisión. Aquella mañana de debate, los hombres de la élite caminaron hacia el Cabildo conscientes de que sus firmas en las actas definirían sus vidas para siempre.

Entre los sufragantes que sellaron el acta de adhesión a la Junta patria figuraban apellidos coloniales que hoy continúan resonando con fuerza en nuestras calles. Hombres vinculados a la política y la cultura regional, como los Laprida, los Maradona, los Oro y los Albarracín, lideraron la postura rupturista tras acaloradas discusiones.

El mérito de estos representantes de la aristocracia local es haber arriesgado sus patrimonios y sus posiciones sociales para respaldar un proyecto político que todavía resultaba sumamente incierto y peligroso. Tras horas de deliberaciones extremas y acusaciones cruzadas de traición, el sector patriota logró imponer su visión, reconociendo formalmente a las nuevas autoridades revolucionarias del Río de la Plata. El paso inicial estaba dado, pero el verdadero precio de la libertad apenas comenzaba a cobrarse entre los habitantes.

El precio de la libertad y el refugio de la fe

La adhesión formal a la Revolución de Mayo no se limitó a discursos solemnes ni a firmas en pergaminos coloniales, sino que demandó un sacrificio material inmediato. La Primera Junta de Buenos Aires exigió con urgencia contribuciones patrióticas para equipar y alimentar a los ejércitos que debían marchar hacia el norte a defender la causa.

Al carecer en ese entonces de minas de oro o plata de envergadura, la contribución sanjuanina se tradujo en la entrega forzosa de los recursos más valiosos de su economía. Los criollos locales se vieron obligados a donar mulas de carga, carretas indispensables para el transporte y herramientas de hierro esenciales para la logística militar. La movilización de estos bienes transformó por completo el paisaje productivo, vaciando los corrales en nombre de una patria en formación.

El verdadero motor de este aporte económico descansó en las bodegas y los lagares de los hacendados sanjuaninos, quienes entregaron enormes volúmenes de su producción. Cientos de arrobas de vino y aguardiente local fueron confiscadas o donadas para abastecer a las tropas en campaña o para ser vendidas en beneficio del erario público revolucionario.

La logística para trasladar estas pesadas cargas a través de rutas coloniales en pésimo estado representó un esfuerzo humano descomunal para los arrieros de la zona. Jóvenes abogados que regresaban de sus estudios, como José Ignacio de la Roza, asumieron la compleja tarea de coordinar estas exacciones económicas entre los productores. La riqueza líquida de los oasis sanjuaninos comenzó a transformarse, de este modo, en el combustible material de la gesta emancipadora.

Como contrapartida a este fervor material, una densa capa de temor y contradicción espiritual dominaba la vida cotidiana de las familias sanjuaninas de a pie. Muchos habitantes, asustados por los sermones eclesiásticos y la incertidumbre del conflicto, continuaban asistiendo puntualmente a la misa dominical en la Iglesia Matriz de la ciudad.

Frente al altar, los feligreses elevaban plegarias públicas pidiendo fervientemente por la salud y la pronta restauración del rey Fernando VII, prisionero de las tropas napoleónicas. Este comportamiento dual reflejaba el profundo pánico a que la revolución fracasara estrepitosamente y las tropas realistas reconquistaran el territorio americano con represalias sangrientas. El miedo a terminar en el patíbulo o a perder todas sus propiedades empujaba a los vecinos a mantener un pie en cada bando histórico.

El impacto económico de la revolución golpeó con dureza las estructuras comerciales de San Juan, provocando una parálisis casi total durante los primeros meses del proceso. En efecto, el estallido del movimiento emancipador interrumpió bruscamente el fluido circuito comercial y de contrabando que unía a los productores locales con los mercados chilenos de Coquimbo y Santiago.

Al militarizarse las fronteras andinas, las exportaciones tradicionales de frutas secas, cal y aguardientes hacia el Pacífico quedaron bloqueadas por las autoridades reales del país vecino. Para intentar superar este ahogo financiero, los comerciantes locales reorientaron sus rutas hacia el este, buscando colocar sus productos en Buenos Aires. Baqueanos y arrieros abrieron nuevas sendas a través del desierto para mantener vivo el comercio y garantizar la supervivencia económica de la provincia. Una muestra cabal del verdadero espíritu sanjuanino.

Fuentes consultadas:

  • Actas Capitulares del Cabildo de San Juan (1810), Fondo Capitular, Archivo General de la Provincia de San Juan.
  • Videla, Horacio. Historia de San Juan - Tomo III: Época Patria, Academia Nacional de la Historia.
  • Centro de Investigaciones de la Historia de San Juan (CIHSJ). Comercio y sociedad tardo-colonial en el Corregimiento de Cuyo, Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes, Universidad Nacional de San Juan.
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