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Chernobyl y el crudo relato del militar que vigiló el desastre nuclear
Oleksandr Oleynikov narra el drama de custodiar el reactor nuclear sin protección y entre paisajes teñidos por el yodo.
POR REDACCIÓN
La historia de Oleksandr Oleynikov es la de un hombre enviado a ciegas hacia un enemigo invisible. Integraba el Ejército soviético cuando, apenas dos semanas después del accidente ocurrido el 26 de abril de 1986, su unidad en Lugansk recibió la orden de alerta. El 10 de mayo fue trasladado al epicentro de la catástrofe para cumplir una misión agotadora: custodiar el perímetro de 30 kilómetros de la central. Su tarea consistía en recorrer pueblos fantasma para evitar saqueos de objetos que, sin saberlo, cargaban dosis letales de radiación.
Lo que Oleynikov encontró al llegar superaba cualquier pesadilla. En las viviendas abandonadas el tiempo se había detenido, con ropa y recuerdos desparramados por el suelo tras la huida desesperada de los vecinos. “Documentos, algo de dinero y poco más se llevaron. Todo lo demás quedó ahí”, recordó sobre el vacío de aquellas casas. Sin embargo, el entorno natural era lo que más pavor provocaba, ya que la contaminación había alterado la fisonomía del lugar. “Los árboles y el pasto estaban rojos. El reactor estaba abierto y el viento llevaba la radiación por todos lados”, confesó sobre aquel paisaje mutante. Además del color, un aroma penetrante dominaba el ambiente. “Respirábamos eso todo el tiempo”, agregó en referencia al olor constante a yodo que emanaba del reactor destruido.
Las condiciones de vida de los liquidadores eran de una precariedad absoluta. El régimen de trabajo incluía 24 horas dentro del área crítica y 24 de un supuesto descanso que se realizaba en carpas o pozos bajo tierra dentro del mismo territorio contaminado. No tenían dosímetros ni equipos de medición, y la vestimenta nunca se renovaba. “Sacudíamos el polvo y seguíamos usando lo mismo”, añadió el exmilitar. Los respiradores que les entregaban se tornaban rojos en apenas un par de horas debido a la acumulación de partículas. “Lo más duro era sentir que la vida no importaba”, aseguró al describir la nula importancia que se le daba a la integridad de los soldados.
La tragedia golpeaba de cerca. En ese contexto de desinformación total, Oleynikov supo que un amigo suyo y sus subordinados habían muerto tras ser enviados directamente a la zona del reactor, lo que calificó con crudeza: “Era una condena a muerte”. Mientras tanto, su propio cuerpo empezaba a ceder ante el cansancio y los dolores de cabeza. “No teníamos fuerzas, pero continuábamos igual”, relató sobre aquellos días donde la debilidad era la norma.
Finalmente, expertos en radiación ordenaron su evacuación inmediata al detectar que los niveles de exposición habían sobrepasado cualquier límite tolerable. El regreso a casa estuvo marcado por una internación de dos meses y tratamientos constantes por la contaminación en su sangre. Al comparar su estado actual con el de aquel joven soldado, su conclusión es dolorosa. “Entré con el cien por ciento de mi salud. Hoy me queda apenas una parte”, confesó. A pesar del tiempo transcurrido y de haber sobrevivido a diferencia de muchos camaradas, su decisión de no volver jamás a la zona de exclusión permanece firme. “Así fue. Así pasó de verdad”, cerró para dar testimonio de una experiencia que lo cambió para siempre.